Resumen: “Ciencia, conciencia planetaria, interiores” (de “Ojos imperiales. Literatura de viajes y transculturación) – Mary Louis Pratt
En el fragmento señalado, Mary Louis Pratt hace un análisis sobre dos eventos que cambian la comprensión que las elites europeas tenían de ellas mismas y de sus relaciones con el resto del mundo. El objetivo de la autora específicamente es el estudio del surgimiento de una nueva conciencia planetaria, con una orientación hacia el espacio interior y la construcción de significado en escala más universal, a través de descripciones de la historia natural.
Es decir, lo que Pratt intenta es explicar cómo una antigua visión europea, basada en el eurocentrismo – la conciencia planetaria – se moderniza a partir una modificación en el contacto que Europa comienza a tener con el resto del mundo, en especial con territorios americanos casi vírgenes (o apenas explorados).
Este proceso se ve fuertemente influenciado por dos sucesos que se dan a lo largo del siglo XVIII: uno es la primera gran expedición científica de Europa, llamada La Condamine (en honor a quien la dirigió). El otro suceso trascendental es la publicación de “Sistema Naturae”, de Carl Linneo.
La Expedición de La Condamine tenía como objetivo clave determinar de una vez y para siempre la forma de la Tierra, para lo cual se comienza un viaje en el cual se intenta registrar todo lo visto para luego concluir dicha meta. Gracias a este evento, se comienza a desarrollar una fuerte corriente de literatura de viaje, que abarca desde descripciones hasta diarios, cartas, mapas, etc. Los escritos resultantes de aquel viaje (que no son únicamente los que integraron el corpus de La Condamine) circularon por Europa durante años. Así también, modificaron por completo y definitivamente la forma de escribir la historia, de describir el contacto con otras partes del mundo: la visión que Europa tenía del resto del mundo ya no fue la misma.
En cuanto a la publicación de Linneo, ésta surgió como un intento del autor de registrar todos los géneros y plantas existentes en el planeta, en un sistema que permitiera reconocer a cada uno de ellos. Esta publicación no sólo fue trascendental por cómo fue escrita (de hecho fue innovadora en su estilo y dio origen a una “historia natural”), sino que además indujo a muchos estudiosos a realizar viajes para registrar, recoger y describir miles de ejemplares diferentes. De esta manera, surgieron cientos de libros que intentaron lograr el mismo proyecto que Linneo había alcanzado. Nuevamente una visión diferente se gestaba y se desarrollaba.
Gracias a estos dos eventos, diría Pratt, Europa cambió su forma de observar al resto del mundo, el eurocentrismo ya no fue una visión tan cerrada, sino que se incluía a otras partes del mundo antes ignoradas. Todo este proceso desarrollado en el siglo XVIII fue parte de un cambio paulatino que vivió tanto Europa como el resto del mundo, y que no es otra cosa que el tránsito hacia la modernidad propiamente dicha.
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sábado, 11 de octubre de 2008
miércoles, 8 de octubre de 2008
Ficha (falta una parte a incluir próximamente)
Primera parte: referencias sobre el autor
Mary Louise Pratt es una erudita de renombre en el campo de la lingüística y los estudios sobre el feminismo, la cultura y la teoría poscolonial en América Latina. Oriunda de Listowel, Canadá, donde nació en 1948, se licenció en literatura y lenguas modernas en la Universidad de Toronto en 1971. En 1975 obtuvo la maestría en lingüística en la Universidad de Illinois (Urbana) y un doctorado en literatura comparada en la Universidad de Stanford. Comenzó su labor docente en Stanford en 1976 y se ha desempeñado como catedrática de literatura española y portuguesa y literatura comparada desde 1989. Actualmente dirige el departamento de lengua española y portuguesa.
En 1990 fundó el Archivo Popular de la Mujer -que dirige actualmente- en la Universidad de Stanford, en la que toma parte del Directorio Ejecutivo del Centro de Estudios Chicanos. Frecuentemente pronuncia conferencias sobre temas afines, incluyendo sociolingüística y la transculturación.
La bibliografía de Mary Louise Pratt incluye las siguientes obras:
Toward a Speech Act Theory of Literature Discourse, Bloomington: Indiana University Press, 1977; Linguistics for Students of Literature con Elizabeth Closs Traugott, Nueva York: Harcourt Brace Jovanovich, 1980; Amor Brujo: The Image and Culture of Love in the Andes, con Luis Millones, Syracuse University: Foreign and American Studies Publications. Amor Brujo también fue publicado como una monografía en español, Lima: Instituto de Estudios Peruanos, 1989; Women, Culture and Politics in Latin America, de la que es coautora junto con los integrantes (ocho miembros) del Seminario sobre Feminismo y Cultura en América Latina, Berkeley: University of California Press, 1990; e Imperial Eyes: Travel Writing and Transculturation, Londres y Nueva York: Routledge, 1992. Actualmente está trabajando en un libro titulado Mujer y nación: historia de discursos.
Segunda parte: Referencias sobre la obra
- Título de la obra: “Ojos imperiales. Literatura de viajes y transculturación” (Imperial eyes. Travel writing and transculturation)
- Fragmento extraído del capítulo 2: “Ciencia, conciencia planetaria, interiores”.
- Editorial: Routledge. 1992.
Tercera parte: Relacionar el texto con el ensayo de Güichal
En el texto de Mary Louis Pratt se plantea el surgimiento de una “conciencia planetaria” por parte de la sociedad europea, que tiene lugar en el Siglo XVIII. Esto es posible a partir de dos eventos importantes y fundamentales: La expedición de La Condamine y la publicación del libro “Sistema Naturae” de Carl Linneo. El primer evento es importante porque consta de uina expedición científica que se realiza para recorrer, conocer y hacer un relevo de diferentes áreas del continente americano. A partir de este viaje, se pretendía hacer un corpus detallado que ordenara todo lo que había sido visto en aquel viaje. El segundo evento es igual de fundamental debido a que consiste en un innovador sistema creado por Linneo para registrar todas las especies vegetales existentes. Esta obra permitió un gran avance en lo que fue la “herbolaria” como así también en los viajes científicos que se realizaron posteriormente con el objetivo de registrar y ordenar especies a observar.
Ahora bien, este texto tiene cierta relación con “Una metáfora viva”, de Cecilia Güichal. En primer lugar, la idea de que “todo viaje implica nombrar. Nombrar es ordenar”[1] se hace evidente en los eventos analizados en el ensayo de Pratt. En la famosa obra de Linneo lo que se hace es nombrar y ordenar un sinfín de especies vegetales conocidas y desconocidas según su género, seguido por su especie y por todas aquellas características que las distinguieran de otros géneros. Esta nueva forma de orden provocó un cambio rotundo en lo que se consideró como “historia natural”. En la expedición de La Condamine, por su parte, se generó un avance en lo que se denominó “literatura de viajes”, ya que a partir de ese viaje se produjeron obras y textos de variados géneros. El corpus resultante de aquella expedición incluía: “(…) textos orales, textos escritos, textos perdidos, textos secretos, textos robados, abreviados, traducidos, antologazos, plagiados; cartas, informes, relatos de supervivencia, descripción cívica, narraciones de navegación, monstruos y maravillas, tratados de medicina, polémicas académicas, antiguos mitos vividos e invertidos”.[2]
Por otro lado, en ambas empresas aparece una problemática relacionada con la imposición o el poder, de la cual Güichal habla en su “Metáfora viva”: “(…) Nombrar es ordenar. A veces es un ejercicio violento de poder. Es evidente en el caso de los nombres impuestos por los “descubridores” a los lugares que, por supuesto, estaban habitados y por lo tanto ya tenían sus nombres”[3]. Lo que surge es pensar en las consecuencias directas de la transculturación. Lo que subyace a este fenómeno, los costos que éste tiene, es que a partir de dicha transculturación se produce una relación asimétrica de poder. Es decir, se hace efectivo el dominio hegemónico por una de las dos partes.
Dos ejemplos de cómo se desarrolla este proceso son la expedición de La Condamine y del “Sistema Naturae”. Tanto uno como el otro se producen en contextos de “choque cultural”, de transculturación. Ambos generan una relación asimétrica de poder: un grupo de gente (nativos) que ven llegar a otro grupo (los científicos) totalmente diferente, cargado de aparatos extraños y cuyos integrantes miden, controlan, anotan.
Luego lo más fuerte: este último grupo designa con nombres a lugares y especies ya conocidos y nombrados anteriormente por los nativos, que pasivos y casi inconscientes observan el proceso de dominación hegemónica, el cual se hace inmediatamente efectivo en aquellas miradas sorprendidas. Se pasa por alto una cultura, una lengua que designa y nombra, para significar lugares y especies con palabras europeas. Lo profano pasa a ser religiosamente aceptable.
Algo interesante a observar en los hechos desarrollados por Pratt es lo que Güichal explica en el siguiente pasaje: “(…) los viajes contienen esa tensión entre mapa y territorio. Se prevé un itinerario, pero en un verdadero viaje siempre ocurre otra cosa”. Es llamativa la cantidad de textos que surgieron a partir de desviaciones imprevistas por la expedición de La Condamine. Así también es atrayente pensar cómo un viaje con ciertos objetivos termina siendo algo que uno no espera, con metas impensadas que se cruzan en el camino. ¿Cuántos textos podrían haber existido si el viaje se hubiera desarrollado como el viajero esperaba, y cuántos terminaron creándose con esos nuevos y sorpresivos finales?
Pero, ¿cuántos textos precisaron de la existencia de un viaje previo (o simultáneo)? Es verdad que sin viaje no existe narración, y de hecho sin ambos viajes ni el texto de Linneo ni el confuso y multifacético corpus de La Condamine hubieran existido. En ambos casos era indispensable la observación, la exploración en lo desconocido para poder luego pensar un texto.
Ahora, no siempre la exploración, el viaje, consta del traslado físico. ¿Qué sucede cuando el viaje es interior? Lo que sucede en el caso de la expedición de La Condamine y de Linneo es la generación de una nueva conciencia planetaria a partir de un doble viaje: por un lado hay un viaje físico, conocido. Pero también se hace un viaje introspectivo, se identifica un nuevo ser humano a partir de un contacto con otro. Es decir, hay un viaje físico que genera un contacto, un choque cultural inusual y que a su vez posibilita la partida hacia otro viaje: el conocimiento de uno mismo. De uno mismo en el otro. Cuánta razón tendría Todorov al pensar que podemos vernos a nosotros mismos a partir del reflejo en el otro…
¿Qué habrán sentido quienes, habiéndose involucrado en esos viajes (La Condamine y Linneo), leyeron luego alguno de los tantos textos resultantes? “Una profunda impresión de deja vu acompaña al lector que recorra de manera transversal otros textos de viaje”. Debe ser, como dice Güichal, que el relato de viaje genera en quien lee esa sensación de haber transitado esos lugares previamente, aunque no sea de manera física. Algo similar debe haber ocurrido con los estudiantes de Linneo que produjeron textos similares a los de su maestro. Quizás le sucedió a quien posiblemente pudiera haber encontrado los textos que Joseph de Jossieu dejó perdidos en Quito, cuando sus compañeros decidieron enviarlo de vuelta a Francia debido a que la expedición de La Condamine había acabado con su salud mental.
En definitiva, claramente puede verse en el texto de Pratt un puente con ideas expuestas por Güichal: la construcción de un texto a partir de un viaje, el viaje asociado a la introspección, al contacto y conocimiento del otro, el viaje a través de un texto. Ningún viajero de la expedición de La Condamine, ni siquiera el propio Linneo imaginó que podía generar en los demás tal efecto con esas ideas. Tal vez ninguno creyó que podía generar tales ideas, simplemente emprendió el largo y difícil viaje de escribir.
Cuarta parte: ¿En qué sentido influye el texto en mi propio proyecto de ensayo?
Esta lectura hace más fuerte la búsqueda de un objetivo a pensar, relacionado con el viaje con fines etnográficos. Pienso en todas las idas y vueltas que puede tener una etnografía que se produce mediante un viaje. Pienso también en la difícil posición del observador. La tensión presente entre la objetividad y la subjetividad es algo que subyace a lo que leí de Pratt, que subyace en realidad a cualquier lectura científica (o no). Dicha tensión hace ruido en mí, y cada vez que leo un texto de esta clase lo pienso más. Excede muchas veces a mi entendimiento, pero a la vez me intriga.
Hay reflexiones que gracias a esta lectura han echado raíces, sólo es cuestión de tiempo. Estoy en la búsqueda de un texto que inició mis reflexiones acerca de esta tensión planteada en renglones anteriores. Hay algo que se germina pero que necesita más tiempo, quizás. Igualmente, el texto de Pratt impulsó aún más esta necesidad de pensar más sobre todo esto.
[1] “Una metáfora viva”, Cecilia Güichal. Pág. 1.
[2] “Ojos imperiales. Literatura de viajes y transculturación”. capítulo 2: “Ciencia, conciencia planetaria, interiores”. Pág. 50.
[3] “Una metáfora viva”, Cecilia Güichal. Pág. 1.
Mary Louise Pratt es una erudita de renombre en el campo de la lingüística y los estudios sobre el feminismo, la cultura y la teoría poscolonial en América Latina. Oriunda de Listowel, Canadá, donde nació en 1948, se licenció en literatura y lenguas modernas en la Universidad de Toronto en 1971. En 1975 obtuvo la maestría en lingüística en la Universidad de Illinois (Urbana) y un doctorado en literatura comparada en la Universidad de Stanford. Comenzó su labor docente en Stanford en 1976 y se ha desempeñado como catedrática de literatura española y portuguesa y literatura comparada desde 1989. Actualmente dirige el departamento de lengua española y portuguesa.
En 1990 fundó el Archivo Popular de la Mujer -que dirige actualmente- en la Universidad de Stanford, en la que toma parte del Directorio Ejecutivo del Centro de Estudios Chicanos. Frecuentemente pronuncia conferencias sobre temas afines, incluyendo sociolingüística y la transculturación.
La bibliografía de Mary Louise Pratt incluye las siguientes obras:
Toward a Speech Act Theory of Literature Discourse, Bloomington: Indiana University Press, 1977; Linguistics for Students of Literature con Elizabeth Closs Traugott, Nueva York: Harcourt Brace Jovanovich, 1980; Amor Brujo: The Image and Culture of Love in the Andes, con Luis Millones, Syracuse University: Foreign and American Studies Publications. Amor Brujo también fue publicado como una monografía en español, Lima: Instituto de Estudios Peruanos, 1989; Women, Culture and Politics in Latin America, de la que es coautora junto con los integrantes (ocho miembros) del Seminario sobre Feminismo y Cultura en América Latina, Berkeley: University of California Press, 1990; e Imperial Eyes: Travel Writing and Transculturation, Londres y Nueva York: Routledge, 1992. Actualmente está trabajando en un libro titulado Mujer y nación: historia de discursos.
Segunda parte: Referencias sobre la obra
- Título de la obra: “Ojos imperiales. Literatura de viajes y transculturación” (Imperial eyes. Travel writing and transculturation)
- Fragmento extraído del capítulo 2: “Ciencia, conciencia planetaria, interiores”.
- Editorial: Routledge. 1992.
Tercera parte: Relacionar el texto con el ensayo de Güichal
En el texto de Mary Louis Pratt se plantea el surgimiento de una “conciencia planetaria” por parte de la sociedad europea, que tiene lugar en el Siglo XVIII. Esto es posible a partir de dos eventos importantes y fundamentales: La expedición de La Condamine y la publicación del libro “Sistema Naturae” de Carl Linneo. El primer evento es importante porque consta de uina expedición científica que se realiza para recorrer, conocer y hacer un relevo de diferentes áreas del continente americano. A partir de este viaje, se pretendía hacer un corpus detallado que ordenara todo lo que había sido visto en aquel viaje. El segundo evento es igual de fundamental debido a que consiste en un innovador sistema creado por Linneo para registrar todas las especies vegetales existentes. Esta obra permitió un gran avance en lo que fue la “herbolaria” como así también en los viajes científicos que se realizaron posteriormente con el objetivo de registrar y ordenar especies a observar.
Ahora bien, este texto tiene cierta relación con “Una metáfora viva”, de Cecilia Güichal. En primer lugar, la idea de que “todo viaje implica nombrar. Nombrar es ordenar”[1] se hace evidente en los eventos analizados en el ensayo de Pratt. En la famosa obra de Linneo lo que se hace es nombrar y ordenar un sinfín de especies vegetales conocidas y desconocidas según su género, seguido por su especie y por todas aquellas características que las distinguieran de otros géneros. Esta nueva forma de orden provocó un cambio rotundo en lo que se consideró como “historia natural”. En la expedición de La Condamine, por su parte, se generó un avance en lo que se denominó “literatura de viajes”, ya que a partir de ese viaje se produjeron obras y textos de variados géneros. El corpus resultante de aquella expedición incluía: “(…) textos orales, textos escritos, textos perdidos, textos secretos, textos robados, abreviados, traducidos, antologazos, plagiados; cartas, informes, relatos de supervivencia, descripción cívica, narraciones de navegación, monstruos y maravillas, tratados de medicina, polémicas académicas, antiguos mitos vividos e invertidos”.[2]
Por otro lado, en ambas empresas aparece una problemática relacionada con la imposición o el poder, de la cual Güichal habla en su “Metáfora viva”: “(…) Nombrar es ordenar. A veces es un ejercicio violento de poder. Es evidente en el caso de los nombres impuestos por los “descubridores” a los lugares que, por supuesto, estaban habitados y por lo tanto ya tenían sus nombres”[3]. Lo que surge es pensar en las consecuencias directas de la transculturación. Lo que subyace a este fenómeno, los costos que éste tiene, es que a partir de dicha transculturación se produce una relación asimétrica de poder. Es decir, se hace efectivo el dominio hegemónico por una de las dos partes.
Dos ejemplos de cómo se desarrolla este proceso son la expedición de La Condamine y del “Sistema Naturae”. Tanto uno como el otro se producen en contextos de “choque cultural”, de transculturación. Ambos generan una relación asimétrica de poder: un grupo de gente (nativos) que ven llegar a otro grupo (los científicos) totalmente diferente, cargado de aparatos extraños y cuyos integrantes miden, controlan, anotan.
Luego lo más fuerte: este último grupo designa con nombres a lugares y especies ya conocidos y nombrados anteriormente por los nativos, que pasivos y casi inconscientes observan el proceso de dominación hegemónica, el cual se hace inmediatamente efectivo en aquellas miradas sorprendidas. Se pasa por alto una cultura, una lengua que designa y nombra, para significar lugares y especies con palabras europeas. Lo profano pasa a ser religiosamente aceptable.
Algo interesante a observar en los hechos desarrollados por Pratt es lo que Güichal explica en el siguiente pasaje: “(…) los viajes contienen esa tensión entre mapa y territorio. Se prevé un itinerario, pero en un verdadero viaje siempre ocurre otra cosa”. Es llamativa la cantidad de textos que surgieron a partir de desviaciones imprevistas por la expedición de La Condamine. Así también es atrayente pensar cómo un viaje con ciertos objetivos termina siendo algo que uno no espera, con metas impensadas que se cruzan en el camino. ¿Cuántos textos podrían haber existido si el viaje se hubiera desarrollado como el viajero esperaba, y cuántos terminaron creándose con esos nuevos y sorpresivos finales?
Pero, ¿cuántos textos precisaron de la existencia de un viaje previo (o simultáneo)? Es verdad que sin viaje no existe narración, y de hecho sin ambos viajes ni el texto de Linneo ni el confuso y multifacético corpus de La Condamine hubieran existido. En ambos casos era indispensable la observación, la exploración en lo desconocido para poder luego pensar un texto.
Ahora, no siempre la exploración, el viaje, consta del traslado físico. ¿Qué sucede cuando el viaje es interior? Lo que sucede en el caso de la expedición de La Condamine y de Linneo es la generación de una nueva conciencia planetaria a partir de un doble viaje: por un lado hay un viaje físico, conocido. Pero también se hace un viaje introspectivo, se identifica un nuevo ser humano a partir de un contacto con otro. Es decir, hay un viaje físico que genera un contacto, un choque cultural inusual y que a su vez posibilita la partida hacia otro viaje: el conocimiento de uno mismo. De uno mismo en el otro. Cuánta razón tendría Todorov al pensar que podemos vernos a nosotros mismos a partir del reflejo en el otro…
¿Qué habrán sentido quienes, habiéndose involucrado en esos viajes (La Condamine y Linneo), leyeron luego alguno de los tantos textos resultantes? “Una profunda impresión de deja vu acompaña al lector que recorra de manera transversal otros textos de viaje”. Debe ser, como dice Güichal, que el relato de viaje genera en quien lee esa sensación de haber transitado esos lugares previamente, aunque no sea de manera física. Algo similar debe haber ocurrido con los estudiantes de Linneo que produjeron textos similares a los de su maestro. Quizás le sucedió a quien posiblemente pudiera haber encontrado los textos que Joseph de Jossieu dejó perdidos en Quito, cuando sus compañeros decidieron enviarlo de vuelta a Francia debido a que la expedición de La Condamine había acabado con su salud mental.
En definitiva, claramente puede verse en el texto de Pratt un puente con ideas expuestas por Güichal: la construcción de un texto a partir de un viaje, el viaje asociado a la introspección, al contacto y conocimiento del otro, el viaje a través de un texto. Ningún viajero de la expedición de La Condamine, ni siquiera el propio Linneo imaginó que podía generar en los demás tal efecto con esas ideas. Tal vez ninguno creyó que podía generar tales ideas, simplemente emprendió el largo y difícil viaje de escribir.
Cuarta parte: ¿En qué sentido influye el texto en mi propio proyecto de ensayo?
Esta lectura hace más fuerte la búsqueda de un objetivo a pensar, relacionado con el viaje con fines etnográficos. Pienso en todas las idas y vueltas que puede tener una etnografía que se produce mediante un viaje. Pienso también en la difícil posición del observador. La tensión presente entre la objetividad y la subjetividad es algo que subyace a lo que leí de Pratt, que subyace en realidad a cualquier lectura científica (o no). Dicha tensión hace ruido en mí, y cada vez que leo un texto de esta clase lo pienso más. Excede muchas veces a mi entendimiento, pero a la vez me intriga.
Hay reflexiones que gracias a esta lectura han echado raíces, sólo es cuestión de tiempo. Estoy en la búsqueda de un texto que inició mis reflexiones acerca de esta tensión planteada en renglones anteriores. Hay algo que se germina pero que necesita más tiempo, quizás. Igualmente, el texto de Pratt impulsó aún más esta necesidad de pensar más sobre todo esto.
[1] “Una metáfora viva”, Cecilia Güichal. Pág. 1.
[2] “Ojos imperiales. Literatura de viajes y transculturación”. capítulo 2: “Ciencia, conciencia planetaria, interiores”. Pág. 50.
[3] “Una metáfora viva”, Cecilia Güichal. Pág. 1.
domingo, 29 de junio de 2008
Viajando un relato
No parece real estar acá, me ha costado tanto la planificación de este viaje que nunca hubiera creído llegar alguna vez. Pero estoy en Pinamar con mis cuatro amigos (La Peti, Mechy, Lulu y Moyi), ya en la mitad de la quincena, con muchas cosas que han pasado y otras que pasarán seguramente.
Presiento que ya hace mucho que vivo acá. Pensar en lo que fue llegar y encontrar el departamento dado vuelta. Gracias a Dios $18.20 en artículos de limpieza pudieron curar aquel lío, que por suerte no fue visto por Lulu y Moyi. Vale decir que esa catástrofe del primer día obviamente fue subsanada con ricos churros y un atardecer en la playa, observando a la gente que se iba y nos dejaba el mar y la arena sólo para nosotros.
Nuestro viaje se desarrolla con normalidad, de la manera que esperábamos creo yo. Estamos disfrutando de la playa de sol a sol: trajimos todo lo que se nos pudiera ocurrir. Por supuesto aprovechamos cada noche también, con salidas y anécdotas que quedarán en el recuerdo. Y no faltan los nuevos amigos: “El pela” e Inés son “vecinos de sombrilla” que comparten todas las tardes con nosotros, y Damián y Cristian -nuestros vecinos de departamento-, disfrutan con nosotros de las noches de guitarras, bongós y tragos tropicales variados y azucarados.
Anécdotas ya hay miles, como los cuatro días seguidos de lluvia, el viaje mar adentro con la banana y la moto de agua… Creo que nadie va a poder contar ese hecho sin referirse, al menos una vez, a mi cara de miedo y vértigo, a cómo cayó Lulu a 20 mts de distancia, a cómo Mechy sufrió nadando sola, ¡o al agua viva y La Peti! Los dolores en el cuerpo, producto de las incontables veces que caímos al mar, me van a durar unos días, pero ¡cómo disfrutamos esa experiencia! Si podemos lo vamos a repetir antes de volver.
Nos faltan varios días para irnos, recién pasaron ocho jornadas de nuestra veraniega estadía y, no obstante, ya hemos disfrutado de casi todo. No quisiera volver, aunque extraño cosas de Buenos Aires, pero juro que me quedaría un mes más si pudiera. Además estoy aprendiendo mucho acá, reencontrándome con pensamientos perdidos, reflexionando sobre errores que cometí, despidiéndome de ciertas cosas y superando otras, y estoy muy feliz por eso. Ansiaba separarme de la ciudad y estar con mis amigos, y ahora que lo vivo me siento en paz, estoy satisfecha por haber logrado algo que me costó tanto alcanzar.
Por otra parte estoy aferrada a nuevas cosas, y reforzando una amistad con mis compañeros de viaje, seres invaluables, comprensivos y especiales. Nada de esto sería lo mismo sin ellos, sin el humor de Mechy, la dedicación de Moyi por cuidarnos como ningún amigo lo haría, la ternura de Lulu, el espíritu único de La Peti. Me siento parte de ellos y ellos parte indivisible de mí. Amo estar acá y disfrutar de su compañía, ir a la playa, reírme de las locuras que hicimos días anteriores, disfrutar de cada salida, todo. Sé que lo que estoy viviendo es inolvidable, que voy a extrañar todo esto cuando vuelva a Buenos Aires, pero no me cabe la menor duda de que los voy a tener a ellos conmigo, y eso me basta y me reconforta.
Por todo esto, sé que este viaje se distingue de cualquier otro. Me siento libre y tengo la mente más clara. Y sobre todo sé que hay muchas cosas que voy a llevarme de este hermoso rincón de playas: tantas historias, olores, charlas con mis amigos, melodías que nos acompañaron casi todo el tiempo, el ruido de las olas, el recuerdo de su color, los largos y anaranjados atardeceres recostados sobre el mar. Es esa sensación de que el tiempo es infinito y los días no pasan, de saberme única en este lugar, de creer que todo hecho pasa y todo recuerdo queda. Sé que al volver hacia Buenos Aires todo eso va a estar reflejado los ojos de mis amigos, cuando sientan al igual que yo, que valió la pena atravesar por tantas cosas para llegar acá, y que éste es sólo uno de tantos viajes que haremos juntos, porque ellos son parte de mi nueva historia y este viaje, tan sólo el comienzo de ella.
Dedicado a mis queridísimos amigos... Siempre con uds.
Presiento que ya hace mucho que vivo acá. Pensar en lo que fue llegar y encontrar el departamento dado vuelta. Gracias a Dios $18.20 en artículos de limpieza pudieron curar aquel lío, que por suerte no fue visto por Lulu y Moyi. Vale decir que esa catástrofe del primer día obviamente fue subsanada con ricos churros y un atardecer en la playa, observando a la gente que se iba y nos dejaba el mar y la arena sólo para nosotros.
Nuestro viaje se desarrolla con normalidad, de la manera que esperábamos creo yo. Estamos disfrutando de la playa de sol a sol: trajimos todo lo que se nos pudiera ocurrir. Por supuesto aprovechamos cada noche también, con salidas y anécdotas que quedarán en el recuerdo. Y no faltan los nuevos amigos: “El pela” e Inés son “vecinos de sombrilla” que comparten todas las tardes con nosotros, y Damián y Cristian -nuestros vecinos de departamento-, disfrutan con nosotros de las noches de guitarras, bongós y tragos tropicales variados y azucarados.
Anécdotas ya hay miles, como los cuatro días seguidos de lluvia, el viaje mar adentro con la banana y la moto de agua… Creo que nadie va a poder contar ese hecho sin referirse, al menos una vez, a mi cara de miedo y vértigo, a cómo cayó Lulu a 20 mts de distancia, a cómo Mechy sufrió nadando sola, ¡o al agua viva y La Peti! Los dolores en el cuerpo, producto de las incontables veces que caímos al mar, me van a durar unos días, pero ¡cómo disfrutamos esa experiencia! Si podemos lo vamos a repetir antes de volver.
Nos faltan varios días para irnos, recién pasaron ocho jornadas de nuestra veraniega estadía y, no obstante, ya hemos disfrutado de casi todo. No quisiera volver, aunque extraño cosas de Buenos Aires, pero juro que me quedaría un mes más si pudiera. Además estoy aprendiendo mucho acá, reencontrándome con pensamientos perdidos, reflexionando sobre errores que cometí, despidiéndome de ciertas cosas y superando otras, y estoy muy feliz por eso. Ansiaba separarme de la ciudad y estar con mis amigos, y ahora que lo vivo me siento en paz, estoy satisfecha por haber logrado algo que me costó tanto alcanzar.
Por otra parte estoy aferrada a nuevas cosas, y reforzando una amistad con mis compañeros de viaje, seres invaluables, comprensivos y especiales. Nada de esto sería lo mismo sin ellos, sin el humor de Mechy, la dedicación de Moyi por cuidarnos como ningún amigo lo haría, la ternura de Lulu, el espíritu único de La Peti. Me siento parte de ellos y ellos parte indivisible de mí. Amo estar acá y disfrutar de su compañía, ir a la playa, reírme de las locuras que hicimos días anteriores, disfrutar de cada salida, todo. Sé que lo que estoy viviendo es inolvidable, que voy a extrañar todo esto cuando vuelva a Buenos Aires, pero no me cabe la menor duda de que los voy a tener a ellos conmigo, y eso me basta y me reconforta.
Por todo esto, sé que este viaje se distingue de cualquier otro. Me siento libre y tengo la mente más clara. Y sobre todo sé que hay muchas cosas que voy a llevarme de este hermoso rincón de playas: tantas historias, olores, charlas con mis amigos, melodías que nos acompañaron casi todo el tiempo, el ruido de las olas, el recuerdo de su color, los largos y anaranjados atardeceres recostados sobre el mar. Es esa sensación de que el tiempo es infinito y los días no pasan, de saberme única en este lugar, de creer que todo hecho pasa y todo recuerdo queda. Sé que al volver hacia Buenos Aires todo eso va a estar reflejado los ojos de mis amigos, cuando sientan al igual que yo, que valió la pena atravesar por tantas cosas para llegar acá, y que éste es sólo uno de tantos viajes que haremos juntos, porque ellos son parte de mi nueva historia y este viaje, tan sólo el comienzo de ella.
Dedicado a mis queridísimos amigos... Siempre con uds.
miércoles, 28 de mayo de 2008
"Río arriba" (primer boceto)
“Río arriba”, película dirigida y actuada por Ulises de la Orden, muestra la superposición entre ciertas búsquedas y hallazgos.
Por un lado, se caracteriza por la búsqueda de una identidad, y esto se evidencia en el viaje que Ulises emprende hacia el norte del país buscando la historia de su familia, relacionada con la industria del azúcar y sus ingenios. A raíz de esto, el protagonista conoce familiares lejanos que le cuentan cómo su bisabuelo comienza el legado familiar fundando el ingenio “San Isidro”. El viajero conoce dicho lugar, hoy apropiado por una cooperativa que recuperó a la fábrica luego de la época menemista, y se encuentra con una grande industria, que alguna vez fue parte de su familia.
No obstante ello, a partir de este viaje al norte Ulises se ve frente a un hallazgo inesperado, que conforma la otra cara de la historia y que es el encuentro del pueblo coya y su cultura (o lo que queda de ella). El protagonista descubre a un pueblo sometido por empresarios azucareros como su bisabuelo, que se van a trabajar a los ingenios (la mayoría de las veces obligados) dejando atrás a su pueblo. Así, el protagonista se encuentra con una economía indígena desmantelada, ya que las terrazas de cultivo de los coyas se han ido deteriorando por la falta de mantenimiento de quienes se van a trabajar para los azucareros. Como consecuencia, los pocos pobladores que viven en pueblos como Iruya (y que son descendientes de quienes migraron hacia los ingenios), viven en una profunda pobreza, producto del decaimiento de una pequeña economía de la que siempre dependieron.
En un triste encuentro con un pueblo sometido, Ulises termina comprometiéndose con una historia ajena pero propia a la vez, ya que se refiere a compatriotas a los que familias como la suya explotaron durante años. Así pues, a lo largo de la película se ve la contracara de una misma historia, el choque entre la felicidad y el crecimiento de una familia y la pobreza y extinción de muchas otras familias, de un pueblo entero. Por último, esta película lleva a la reflexión o al debate sobre el crecimiento de unos pocos a costa de muchos otros, o sobre irrespeto al compatriota, al diferente, al que no tiene la misma clase de vida, a quien comparte un país.
Por un lado, se caracteriza por la búsqueda de una identidad, y esto se evidencia en el viaje que Ulises emprende hacia el norte del país buscando la historia de su familia, relacionada con la industria del azúcar y sus ingenios. A raíz de esto, el protagonista conoce familiares lejanos que le cuentan cómo su bisabuelo comienza el legado familiar fundando el ingenio “San Isidro”. El viajero conoce dicho lugar, hoy apropiado por una cooperativa que recuperó a la fábrica luego de la época menemista, y se encuentra con una grande industria, que alguna vez fue parte de su familia.
No obstante ello, a partir de este viaje al norte Ulises se ve frente a un hallazgo inesperado, que conforma la otra cara de la historia y que es el encuentro del pueblo coya y su cultura (o lo que queda de ella). El protagonista descubre a un pueblo sometido por empresarios azucareros como su bisabuelo, que se van a trabajar a los ingenios (la mayoría de las veces obligados) dejando atrás a su pueblo. Así, el protagonista se encuentra con una economía indígena desmantelada, ya que las terrazas de cultivo de los coyas se han ido deteriorando por la falta de mantenimiento de quienes se van a trabajar para los azucareros. Como consecuencia, los pocos pobladores que viven en pueblos como Iruya (y que son descendientes de quienes migraron hacia los ingenios), viven en una profunda pobreza, producto del decaimiento de una pequeña economía de la que siempre dependieron.
En un triste encuentro con un pueblo sometido, Ulises termina comprometiéndose con una historia ajena pero propia a la vez, ya que se refiere a compatriotas a los que familias como la suya explotaron durante años. Así pues, a lo largo de la película se ve la contracara de una misma historia, el choque entre la felicidad y el crecimiento de una familia y la pobreza y extinción de muchas otras familias, de un pueblo entero. Por último, esta película lleva a la reflexión o al debate sobre el crecimiento de unos pocos a costa de muchos otros, o sobre irrespeto al compatriota, al diferente, al que no tiene la misma clase de vida, a quien comparte un país.
El dilema de Geertz
Geertz plantea la dificultad que hay en la veracidad de un estudio antropológico. Es complejo, para el antropólogo como hombre, “impregnarse” con elementos de objeto de estudio y, acto seguido, construir una descripción objetiva. Es práctica y simplemente imposible estudiar formas humanas sin ser humano, como también producir ciencia objetivamente, separándose de la propia subjetividad.
Tan sólo en el establecimiento de la firma del estudio etnográfico se impone una impronta subjetiva, individual, que choca con el objetivo de retratar una cultura tal cual es. Incluso la propia observación está condicionada: la posición del antropólogo frente a lo que ve, cómo lo ve, qué busca en la observación, cómo la describe y cómo la inscribe.
Dilema a mi entender irresoluble, se presenta ante mí como algo que me sobrepasa. ¿Cómo hacer una descripción objetiva sin ser quien uno es? Es imposible. Quizás, una vía plausible para ello, sea dejar que las ideas fluyan, olvidarme de la posición que tengo frente a lo que observo, y simplemente mirar, presentir, dejarme empapar por lo ajeno. Y escribir.
Tan sólo en el establecimiento de la firma del estudio etnográfico se impone una impronta subjetiva, individual, que choca con el objetivo de retratar una cultura tal cual es. Incluso la propia observación está condicionada: la posición del antropólogo frente a lo que ve, cómo lo ve, qué busca en la observación, cómo la describe y cómo la inscribe.
Dilema a mi entender irresoluble, se presenta ante mí como algo que me sobrepasa. ¿Cómo hacer una descripción objetiva sin ser quien uno es? Es imposible. Quizás, una vía plausible para ello, sea dejar que las ideas fluyan, olvidarme de la posición que tengo frente a lo que observo, y simplemente mirar, presentir, dejarme empapar por lo ajeno. Y escribir.
Les amateurs
Tras la frustrada experiencia con la proyección de “Puna”, salí del Palaice de Glace para dar una vuelta. Eran las 17 hs y tenía una hora libre, ya que a las 18 hs iría a ver un concierto de jazz de la banda “Les amateurs”. No quería perdérmelo por nada del mundo, ya que siempre fui amante del género.
Me fui a una plaza que está en frente de aquel lugar porque había una enorme feria. Siempre me gustaron esos lugares, atraen a gente muy variada y me recuerdan a una época no tan lejana. Mientras me internaba en esos pasillos, evocaba recuerdos del comienzo de mi adolescencia, plagada de ropajes hindúes y de colores varios que hoy son sólo un recuerdo. Mientras caminaba escuchaba lenguajes diversos que, flotando en el aire, conformaban una melodía agradable. Me dejaba llevar por ciertas frases en inglés, que continuamente traducía para mis adentros mientras seguía un rumbo indefinido por aquel lugar.
Tras un largo rato de caminata volví al Palaice de Glace. Me senté en el fondo de un ambiente preparado como auditorio y esperé. A las 18:10 hs, un grupo de gente subió al escenario y comenzó a tocar. Extrañas notas brotaban de los instrumentos que, en conjunto, producían melodías rarísimas, con un ritmo imposible de seguir. Lo inesperado caracterizaba a esta banda, ya que ni bien llegaba a acostumbrarme a un sonido o a un ritmo, aparecía otro nuevo.
El concierto duró una hora, aunque me hubiera gustado que dure más. Al salir me pregunté que hubiera pasado si al llegar al Palaice de Glace no me hubiera chocado con ese pequeño cartel que anunciaba a “Les amateurs”. Oírlos me había transformado, eran lo que estaba buscando y lo que yo misma soñaba hacer.
Intentando rememorar el momento me fui caminando por Callao hasta M. T de Alvear, donde pretendía tomarme el colectivo. Definitivamente disfruté mucho de aquel día, que fue distinto y me hizo sentir muy bien. Y respecto a esas melodías, con sus proliferantes notas… aún las busco en mi mente y, cuando logro recordar, me siento tan relajada y feliz como en aquel preciso instante.
Me fui a una plaza que está en frente de aquel lugar porque había una enorme feria. Siempre me gustaron esos lugares, atraen a gente muy variada y me recuerdan a una época no tan lejana. Mientras me internaba en esos pasillos, evocaba recuerdos del comienzo de mi adolescencia, plagada de ropajes hindúes y de colores varios que hoy son sólo un recuerdo. Mientras caminaba escuchaba lenguajes diversos que, flotando en el aire, conformaban una melodía agradable. Me dejaba llevar por ciertas frases en inglés, que continuamente traducía para mis adentros mientras seguía un rumbo indefinido por aquel lugar.
Tras un largo rato de caminata volví al Palaice de Glace. Me senté en el fondo de un ambiente preparado como auditorio y esperé. A las 18:10 hs, un grupo de gente subió al escenario y comenzó a tocar. Extrañas notas brotaban de los instrumentos que, en conjunto, producían melodías rarísimas, con un ritmo imposible de seguir. Lo inesperado caracterizaba a esta banda, ya que ni bien llegaba a acostumbrarme a un sonido o a un ritmo, aparecía otro nuevo.
El concierto duró una hora, aunque me hubiera gustado que dure más. Al salir me pregunté que hubiera pasado si al llegar al Palaice de Glace no me hubiera chocado con ese pequeño cartel que anunciaba a “Les amateurs”. Oírlos me había transformado, eran lo que estaba buscando y lo que yo misma soñaba hacer.
Intentando rememorar el momento me fui caminando por Callao hasta M. T de Alvear, donde pretendía tomarme el colectivo. Definitivamente disfruté mucho de aquel día, que fue distinto y me hizo sentir muy bien. Y respecto a esas melodías, con sus proliferantes notas… aún las busco en mi mente y, cuando logro recordar, me siento tan relajada y feliz como en aquel preciso instante.
"Puna"
18 de mayo, 16 hs. Era temprano para la película. Pensé que iba a llegar más tarde porque el colectivo tardó en venir. Sin embargo llegué antes de lo previsto, en un 93 semi vacío que me dejó en Callao y Libertador. Caminé dos cuadras y me vi frente al Palaice de Glace. Mi objetivo allí era ver “Puna”, una película de escasos 44 minutos. Entré al edificio y sorprendida por la cantidad de cosas allí, atravesé en salón principal y me dirigí a un pasillo que había en el fondo. Asomé la cabeza cuidadosamente para ver qué había allí, hasta que alguien me dijo: “Hola…”
Un hombre de unos 27 años me recibió amablemente y me hizo entrar a una pequeña sala casi vacía, en la que se daría la película. Me senté en el fondo y me preparé para algo que no esperaba. 16:30 hs. Se apagaron las luces y comenzó la proyección. Sorprendida, me topé con una serie de imágenes transmitidas rápidamente, con sonidos extraños y sin una trama aparente. Era como ver un caleidoscopio la puna que mostraba en pantallazos un estilo de vida totalmente ajeno. La fiesta de la Virgen de Lourdes era el contexto en el cual se revelaban pautas culturales que caracterizaban tanto a la fiesta como al pueblo que la celebraba: bailes con extraños disfraces y un duelo entre un torero y un adversario que sale vencedor. Las imágenes de los ojos de la virgen superpuestos a paisajes de la puna creaban un ambiente aterrador, lúgubre, que dejó en mí una extraña sensación al terminar la película.
Salí de aquella sala perpleja, me intrigaba imaginar qué pensaba el creador de esta película mientras trabajaba en el rodaje de la misma. Así también reconocía la originalidad de la proyección, aunque no fuera de mi agrado. Por suerte, luego de este evento tan particular me esperaba otra actividad en la que tenía más fe.
Un hombre de unos 27 años me recibió amablemente y me hizo entrar a una pequeña sala casi vacía, en la que se daría la película. Me senté en el fondo y me preparé para algo que no esperaba. 16:30 hs. Se apagaron las luces y comenzó la proyección. Sorprendida, me topé con una serie de imágenes transmitidas rápidamente, con sonidos extraños y sin una trama aparente. Era como ver un caleidoscopio la puna que mostraba en pantallazos un estilo de vida totalmente ajeno. La fiesta de la Virgen de Lourdes era el contexto en el cual se revelaban pautas culturales que caracterizaban tanto a la fiesta como al pueblo que la celebraba: bailes con extraños disfraces y un duelo entre un torero y un adversario que sale vencedor. Las imágenes de los ojos de la virgen superpuestos a paisajes de la puna creaban un ambiente aterrador, lúgubre, que dejó en mí una extraña sensación al terminar la película.
Salí de aquella sala perpleja, me intrigaba imaginar qué pensaba el creador de esta película mientras trabajaba en el rodaje de la misma. Así también reconocía la originalidad de la proyección, aunque no fuera de mi agrado. Por suerte, luego de este evento tan particular me esperaba otra actividad en la que tenía más fe.
miércoles, 23 de abril de 2008
BAFICI 2008: La orilla que se abisma
Incontables son las veces que leí el programa que me dieron en el cine “Atlas”, en busca de una buena película para ver. Hubo un intento, frustrado por cierto, de ver una de las proyecciones programadas: lamentablemente los horarios de la facultad y yo no tenemos una buena relación. Así que, el viernes 18 de abril me decidí a ir y ver lo que fuera que dieran en esas salas. Tenía curiosidad por ver un cine diferente, algo original.
Llegué con tiempo de sobra, así que me senté en un café ubicado en Uriburu y Sta. Fé. Tan sólo dos cuadras me separaban de la misteriosa proyección de las 19hs. Por supuesto, volví a hojear el programa: lo que iba a ver era “La orilla que se abisma”, de Fontán. Mientras imaginaba de qué trataría, miraba con asombro la rapidez con la que se movía la ciudad, como si el tiempo apresurara a la gente, que parecía no llegar a ningún lado y a todos a la vez. Yo era como un sapo de otro pozo, sentada en la vereda con el sabor del café en mis labios, y sintiendo cómo para mí el tiempo no era algo importante. No tenía otra cosa que hacer que ir a ver la película, y estaba dispuesta a disfrutar de aquel anochecer que parecía haber sido creado sólo para mí.
“18.30”, me dije a mí misma, “es hora de acercarme y ver qué pasa”. Pagué el café que con tanto placer había saboreado, y me dirigí hacia el cine. Mientras caminaba esas dos cuadras observaba la extraña fauna que me rodeaba: extranjeros había por doquier, incluso tuve un gracioso encuentro con una pareja de ingleses que se alegró de saber que yo hablaba su idioma. “¡Es que tuvimos la suerte de no encontrar a nadie que hable inglés!”, me decía el hombre. Me reí para mis adentros porque de miles personas que hablan inglés, justo se encontraron conmigo –una apasionada por el idioma-, y a la vez imaginé que me gustaría mucho retomar las clases que abandoné a principios de este año, de nuevo por horarios de la facultad. Le comenté a la pareja del Festival de Cine, al que de hecho ya habían concurrido, y luego les indiqué cómo llegar a Plaza de Mayo.
Seguí caminando y ahí lo vi: el cine, atestado de gente, tenía varios carteles promocionando el festival, como así también una larga cola para entrar a las salas. Por supuesto la fila no me asustó, así que saqué la entrada y me preparé para una espera paciente, pero corta por suerte. Con sorpresa descubrí que, a pesar de la cantidad de gente que había afuera, la sala sólo estaba llena por la mitad, así que elegí un buen lugar y me dispuse a relajarme.
Nunca había ido sola al cine, siempre una amiga o un novio me acompañaban, pero esta vez, y si bien había pensado en ir con algún acompañante, pensé que era interesante para disfrutarlo sola. Así que ahí estaba, aún con la sensación de tener el café en mi boca, jugando con mis labios, como tratando de atrapar un sorbo más de aquella taza, y esperando a que la película empezara. De repente, un hombre de unos 50 años y vestido con un traje marrón se ubica en frente de la pantalla y agarra un micrófono. Era Fontán, guionista y productor de “La orilla que se abisma”, quien anticipando la trama del filme, explicaría en qué se basaba el mismo. Tenía una voz penetrante, grave, y hablaba lentamente acerca de su última producción.
“La orilla que se abisma”, se basa en la vida de Juan L. Ortiz y en los poemas que escribió. Como explicó Fontán, el poeta trabaja constantemente sobre lo cotidiano, y de hecho sus producciones son prueba fehaciente de dicho objetivo. Con lo cual, la película que en segundos estaría viendo, intentaba reproducir dicho trabajo, mediante la transmisión de imágenes de la naturaleza de Entre Ríos, hogar natal de Ortiz.
La película, que no era un documental pero tampoco una película en su sentido más estricto y clásico, duraba una hora y algunos minutos más. No tenía personajes estrella ni mucho menos, era simplemente una sucesión de imágenes de la naturaleza que, en un intento de mostrar los lugares que rodearon e influyeron en las producciones de Juan L, terminaron por maravillarme. En seguida me sentí como se hubiera sentido Ortiz viendo todo aquel -y casi inverosímil- paisaje: el río, los árboles frondosos, los animales, todo en su estado natural, libre. Me sentí ínfima frente a toda esa perfección, y me fascinó observar bien de cerca cómo las plantas renovaban su color en medio de una tormenta, y cómo las gotas de agua producían insólitas melodías mientras golpeaban a las hojas. El trabajo de edición que tuvo esa película me pareció excelente, original, ya que le daba identidad al rodaje. La película toda era como mis propios ojos observando el mundo en su máxima expresión. Éramos la naturaleza y yo.
Una vez finalizada la película, me quedé a escuchar un breve debate entre Fontán y el público, que curioso le hacía preguntas varias. Recuerdo un alemán que le preguntó si era posible crear la misma película en la ciudad, a lo cual Fontán respondió: “Posible es crear algo similar en la ciudad, sería lindo, pero no sería la misma película, sería algo con otra identidad”. Me quedé con ese diálogo en la mente, ya que el resto fueron elogios variados y preguntas técnicas sobre el montaje y la edición. Al salir de la sala, me topé con aquel hombre, que con tanta simpleza había creado una película tan bonita, tan única. Pude hacerle algunas preguntas que por vergüenza no le hice en el debate, y que por cierto él respondió muy amablemente. Conversamos brevemente sobre varias cosas, me preguntó que estudiaba y se alegró mucho cuando le conté sobre la carrera. Tras finalizar la charla, lo felicité por su trabajo y me dirigí a la salida del cine.
Mientras observaba a nuevos espectadores acercarse para ver una nueva película (era el último rodaje de “La orilla que se abisma”), me fui alejando a aquel edificio. Crucé la avenida en medio de la noche iluminada, con la mirada en esos rostros ansiosos de entrar a las salas del cine “Atlas”, y con la satisfacción de quien vuelve de un hermoso y tranquilo paseo por los terrenos entrerrianos.
Llegué con tiempo de sobra, así que me senté en un café ubicado en Uriburu y Sta. Fé. Tan sólo dos cuadras me separaban de la misteriosa proyección de las 19hs. Por supuesto, volví a hojear el programa: lo que iba a ver era “La orilla que se abisma”, de Fontán. Mientras imaginaba de qué trataría, miraba con asombro la rapidez con la que se movía la ciudad, como si el tiempo apresurara a la gente, que parecía no llegar a ningún lado y a todos a la vez. Yo era como un sapo de otro pozo, sentada en la vereda con el sabor del café en mis labios, y sintiendo cómo para mí el tiempo no era algo importante. No tenía otra cosa que hacer que ir a ver la película, y estaba dispuesta a disfrutar de aquel anochecer que parecía haber sido creado sólo para mí.
“18.30”, me dije a mí misma, “es hora de acercarme y ver qué pasa”. Pagué el café que con tanto placer había saboreado, y me dirigí hacia el cine. Mientras caminaba esas dos cuadras observaba la extraña fauna que me rodeaba: extranjeros había por doquier, incluso tuve un gracioso encuentro con una pareja de ingleses que se alegró de saber que yo hablaba su idioma. “¡Es que tuvimos la suerte de no encontrar a nadie que hable inglés!”, me decía el hombre. Me reí para mis adentros porque de miles personas que hablan inglés, justo se encontraron conmigo –una apasionada por el idioma-, y a la vez imaginé que me gustaría mucho retomar las clases que abandoné a principios de este año, de nuevo por horarios de la facultad. Le comenté a la pareja del Festival de Cine, al que de hecho ya habían concurrido, y luego les indiqué cómo llegar a Plaza de Mayo.
Seguí caminando y ahí lo vi: el cine, atestado de gente, tenía varios carteles promocionando el festival, como así también una larga cola para entrar a las salas. Por supuesto la fila no me asustó, así que saqué la entrada y me preparé para una espera paciente, pero corta por suerte. Con sorpresa descubrí que, a pesar de la cantidad de gente que había afuera, la sala sólo estaba llena por la mitad, así que elegí un buen lugar y me dispuse a relajarme.
Nunca había ido sola al cine, siempre una amiga o un novio me acompañaban, pero esta vez, y si bien había pensado en ir con algún acompañante, pensé que era interesante para disfrutarlo sola. Así que ahí estaba, aún con la sensación de tener el café en mi boca, jugando con mis labios, como tratando de atrapar un sorbo más de aquella taza, y esperando a que la película empezara. De repente, un hombre de unos 50 años y vestido con un traje marrón se ubica en frente de la pantalla y agarra un micrófono. Era Fontán, guionista y productor de “La orilla que se abisma”, quien anticipando la trama del filme, explicaría en qué se basaba el mismo. Tenía una voz penetrante, grave, y hablaba lentamente acerca de su última producción.
“La orilla que se abisma”, se basa en la vida de Juan L. Ortiz y en los poemas que escribió. Como explicó Fontán, el poeta trabaja constantemente sobre lo cotidiano, y de hecho sus producciones son prueba fehaciente de dicho objetivo. Con lo cual, la película que en segundos estaría viendo, intentaba reproducir dicho trabajo, mediante la transmisión de imágenes de la naturaleza de Entre Ríos, hogar natal de Ortiz.
La película, que no era un documental pero tampoco una película en su sentido más estricto y clásico, duraba una hora y algunos minutos más. No tenía personajes estrella ni mucho menos, era simplemente una sucesión de imágenes de la naturaleza que, en un intento de mostrar los lugares que rodearon e influyeron en las producciones de Juan L, terminaron por maravillarme. En seguida me sentí como se hubiera sentido Ortiz viendo todo aquel -y casi inverosímil- paisaje: el río, los árboles frondosos, los animales, todo en su estado natural, libre. Me sentí ínfima frente a toda esa perfección, y me fascinó observar bien de cerca cómo las plantas renovaban su color en medio de una tormenta, y cómo las gotas de agua producían insólitas melodías mientras golpeaban a las hojas. El trabajo de edición que tuvo esa película me pareció excelente, original, ya que le daba identidad al rodaje. La película toda era como mis propios ojos observando el mundo en su máxima expresión. Éramos la naturaleza y yo.
Una vez finalizada la película, me quedé a escuchar un breve debate entre Fontán y el público, que curioso le hacía preguntas varias. Recuerdo un alemán que le preguntó si era posible crear la misma película en la ciudad, a lo cual Fontán respondió: “Posible es crear algo similar en la ciudad, sería lindo, pero no sería la misma película, sería algo con otra identidad”. Me quedé con ese diálogo en la mente, ya que el resto fueron elogios variados y preguntas técnicas sobre el montaje y la edición. Al salir de la sala, me topé con aquel hombre, que con tanta simpleza había creado una película tan bonita, tan única. Pude hacerle algunas preguntas que por vergüenza no le hice en el debate, y que por cierto él respondió muy amablemente. Conversamos brevemente sobre varias cosas, me preguntó que estudiaba y se alegró mucho cuando le conté sobre la carrera. Tras finalizar la charla, lo felicité por su trabajo y me dirigí a la salida del cine.
Mientras observaba a nuevos espectadores acercarse para ver una nueva película (era el último rodaje de “La orilla que se abisma”), me fui alejando a aquel edificio. Crucé la avenida en medio de la noche iluminada, con la mirada en esos rostros ansiosos de entrar a las salas del cine “Atlas”, y con la satisfacción de quien vuelve de un hermoso y tranquilo paseo por los terrenos entrerrianos.
Mi perfil como escritora
Siempre me gustó escribir. De chica soñaba con crear hermosos relatos de muchas cosas distintas, pero creo que plasmar ideas en un papel fue algo que comencé a hacer en la adolescencia.
Cuando llegué a 8º año, cambié de docente de Lengua y Literatura, y con mucho miedo tuve que afrontar una nueva etapa. Digo con mucho miedo, porque la docente a cargo era conocida en la escuela por lo exigente: no solía aprobar a mucha gente, era muy estricta con la lectura, la ortografía, la escritura... Eso generó terror en mí, ya que de antemano me imaginaba preparando la materia para las eternas y veraniegas mesas de examen, de las cuales hasta el momento había tenido la suerte de nunca participar. No obstante mi paranoia, decidí aceptar el desafío y no tomar por perdido a algo por lo que aún no había peleado.
Poco a poco lo que se decía sobre la profesora Elina comenzó a presentarse ante mí como un rumor, ya que pronto comencé a disfrutar de sus clases como nunca antes lo había hecho con otra docente. Los libros que nos hacía leer me encantaban y siempre quedaba sorprendida por su sabiduría y su dulzura. Creo que ella se había encariñado con nuestro curso: éramos el último curso sólo de mujeres en todo el colegio, y encima de mujeres apasionadas por la lectura y la escritura, en muchos casos. Eso la incentivaba a darnos opciones sobre qué leer y qué escribir, y así se generaban charlas y debates sobre mil ideas que brotaban y que, luego de condimentar el ambiente, quedaban plasmadas en nuestros cuadernos.
Mi pasión por la lectura y la escritura aumentaba y las ideas que Elina generaba sobre ciertas cosas me hacían pensar mucho. Así fue como comencé a escribir por mi cuenta, y no sólo para los trabajos que la docente solicitaba. De hecho, mis ganas de escribir siguieron en pie aún cuando dejé de participar de aquellas clases: cuando estaba en 2º (creo que tenía 17) mis amigas me regalaron un cuaderno y un libro de Eric Fromm, titulado “El arte de amar”. Todo ese ímpetu, esa apasionada sensación que tenía fue incentivada por esos significativos regalos: a partir de ahí tenía incluso un cuaderno, un “refugio” para mis palabras, para mis sentimientos y mis puntos de vista.
Así pues, durante un tiempo la escritura fue un canal de expresión importante para mí, a través del cual yo expresaba mi opinión sobre diversos temas. Al principio mi estilo fue bastante crítico: veía cosas que me llamaban la atención y pensaba sobre ellas. Lo hice mucho con la televisión, observaba atentamente la programación de los canales y consternada escribía enfurecidas críticas (destructivas más que constructivas, debo confesar) sobre aquella caja que tanto poder parece tener. Posteriormente, esos escritos iracundos, llenos de sarcasmos y enojo, amainaron y dieron lugar a una escritura mucho más sentimental, descriptiva. Quizás la letra de una canción, una melodía, una frase que encontraba por ahí me inspiraba a escribir. Ahí fue cuando descubrí esa extraña pero particular sensación que me genera la escritura: es ese sentimiento de paz, de saber que las palabras en el papel son el reflejo de quienes somos, de qué sentimos y cuáles son nuestros anhelos.
A pesar de lo feliz que me hacía sentir eso, hubo un tiempo en el que escribí poco y nada. Tenía una cierta presión en cuanto a mi vocación, me gustaban muchas cosas además de escribir, y no sabía si vivir de mi puño y letra era algo que anhelaba, aún sintiendo que era (y es) mi pasión más férrea. Era lo mismo que me sucedía, por ejemplo, con el canto: siempre me gustó cantar, nunca supe si lo hacía bien o no, simplemente lo hacía. Mi sueño siempre fue desarrollar esa cualidad, si es que es una cualidad en mí. En consecuencia, luego de haber reflexionado sobre esto durante un tiempo, decidí volver a escribir cosas que en algún momento pudiera cantar, para unir de alguna manera dos cosas que me definían. Lo cierto es que conservo algunas canciones, o versos que pensé servirían para ello, pero después de releerlos decidí nunca usarlos para cantar, creo que no hallé lo que buscaba; y así fue como seguí desarrollando la escritura de la manera en la que lo hacía antes: buscando fuentes de inspiración que me generaran esa paz, esa motivación, ese encuentro con las palabras que me definían y que tanto amaba.
Volver a escribir como solía hacerlo no fue fácil, debo confesar, pero paulatinamente fui encontrando cosas que me ayudaron a pensar. La música fue y es la gran fuente de inspiración para imaginar historias, diálogos, o simples ideas que vuelco en mi cuaderno y que siento mías.
Igualmente, y si bien me costó mucho encontrar quien era cuando escribía, entendí que la variedad de estilos en la escritura se relaciona con los sentimientos que fluyen en determinados momentos, con cosas hacen que uno se exprese de diferentes maneras. Así que, a pesar de mis rotundos y constantes cambios, a pesar de haberme sentido perdida por momentos, a pesar de no haber encontrado la inspiración adecuada, siempre persistió la misma persona, siempre fui yo, y siempre lo voy a ser. Por eso siempre hallaré refugio en las palabras y en el recuerdo de las clases y de aquella profesora que me ayudó a encontrarme con quien siempre quise ser.
Cuando llegué a 8º año, cambié de docente de Lengua y Literatura, y con mucho miedo tuve que afrontar una nueva etapa. Digo con mucho miedo, porque la docente a cargo era conocida en la escuela por lo exigente: no solía aprobar a mucha gente, era muy estricta con la lectura, la ortografía, la escritura... Eso generó terror en mí, ya que de antemano me imaginaba preparando la materia para las eternas y veraniegas mesas de examen, de las cuales hasta el momento había tenido la suerte de nunca participar. No obstante mi paranoia, decidí aceptar el desafío y no tomar por perdido a algo por lo que aún no había peleado.
Poco a poco lo que se decía sobre la profesora Elina comenzó a presentarse ante mí como un rumor, ya que pronto comencé a disfrutar de sus clases como nunca antes lo había hecho con otra docente. Los libros que nos hacía leer me encantaban y siempre quedaba sorprendida por su sabiduría y su dulzura. Creo que ella se había encariñado con nuestro curso: éramos el último curso sólo de mujeres en todo el colegio, y encima de mujeres apasionadas por la lectura y la escritura, en muchos casos. Eso la incentivaba a darnos opciones sobre qué leer y qué escribir, y así se generaban charlas y debates sobre mil ideas que brotaban y que, luego de condimentar el ambiente, quedaban plasmadas en nuestros cuadernos.
Mi pasión por la lectura y la escritura aumentaba y las ideas que Elina generaba sobre ciertas cosas me hacían pensar mucho. Así fue como comencé a escribir por mi cuenta, y no sólo para los trabajos que la docente solicitaba. De hecho, mis ganas de escribir siguieron en pie aún cuando dejé de participar de aquellas clases: cuando estaba en 2º (creo que tenía 17) mis amigas me regalaron un cuaderno y un libro de Eric Fromm, titulado “El arte de amar”. Todo ese ímpetu, esa apasionada sensación que tenía fue incentivada por esos significativos regalos: a partir de ahí tenía incluso un cuaderno, un “refugio” para mis palabras, para mis sentimientos y mis puntos de vista.
Así pues, durante un tiempo la escritura fue un canal de expresión importante para mí, a través del cual yo expresaba mi opinión sobre diversos temas. Al principio mi estilo fue bastante crítico: veía cosas que me llamaban la atención y pensaba sobre ellas. Lo hice mucho con la televisión, observaba atentamente la programación de los canales y consternada escribía enfurecidas críticas (destructivas más que constructivas, debo confesar) sobre aquella caja que tanto poder parece tener. Posteriormente, esos escritos iracundos, llenos de sarcasmos y enojo, amainaron y dieron lugar a una escritura mucho más sentimental, descriptiva. Quizás la letra de una canción, una melodía, una frase que encontraba por ahí me inspiraba a escribir. Ahí fue cuando descubrí esa extraña pero particular sensación que me genera la escritura: es ese sentimiento de paz, de saber que las palabras en el papel son el reflejo de quienes somos, de qué sentimos y cuáles son nuestros anhelos.
A pesar de lo feliz que me hacía sentir eso, hubo un tiempo en el que escribí poco y nada. Tenía una cierta presión en cuanto a mi vocación, me gustaban muchas cosas además de escribir, y no sabía si vivir de mi puño y letra era algo que anhelaba, aún sintiendo que era (y es) mi pasión más férrea. Era lo mismo que me sucedía, por ejemplo, con el canto: siempre me gustó cantar, nunca supe si lo hacía bien o no, simplemente lo hacía. Mi sueño siempre fue desarrollar esa cualidad, si es que es una cualidad en mí. En consecuencia, luego de haber reflexionado sobre esto durante un tiempo, decidí volver a escribir cosas que en algún momento pudiera cantar, para unir de alguna manera dos cosas que me definían. Lo cierto es que conservo algunas canciones, o versos que pensé servirían para ello, pero después de releerlos decidí nunca usarlos para cantar, creo que no hallé lo que buscaba; y así fue como seguí desarrollando la escritura de la manera en la que lo hacía antes: buscando fuentes de inspiración que me generaran esa paz, esa motivación, ese encuentro con las palabras que me definían y que tanto amaba.
Volver a escribir como solía hacerlo no fue fácil, debo confesar, pero paulatinamente fui encontrando cosas que me ayudaron a pensar. La música fue y es la gran fuente de inspiración para imaginar historias, diálogos, o simples ideas que vuelco en mi cuaderno y que siento mías.
Igualmente, y si bien me costó mucho encontrar quien era cuando escribía, entendí que la variedad de estilos en la escritura se relaciona con los sentimientos que fluyen en determinados momentos, con cosas hacen que uno se exprese de diferentes maneras. Así que, a pesar de mis rotundos y constantes cambios, a pesar de haberme sentido perdida por momentos, a pesar de no haber encontrado la inspiración adecuada, siempre persistió la misma persona, siempre fui yo, y siempre lo voy a ser. Por eso siempre hallaré refugio en las palabras y en el recuerdo de las clases y de aquella profesora que me ayudó a encontrarme con quien siempre quise ser.
Mi perfil como lectora
Creo que tenía 16 años cuando leí Shiddarta, de Herman Hesse, que retrata de forma novelada la historia de Buda. Desde el principio me pareció interesante: es un libro sobre encuentros y desencuentros, sobre búsquedas. Eso fue algo que me impactó y mucho, ya que en ese momento yo también había emprendido mi propio camino, como buscando algo en particular… Desde la primera a la última hoja me sentí cerca del personaje, que logra tal crecimiento espiritual mediante viajes, reflexiones y extrañas experiencias que me fascinaron, como creo que pocos libros lograron fascinarme. Un ejemplo de esas experiencias es su viaje con los samanas del bosque, quienes buscan el alejamiento de los bienes materiales. Ahí el personaje se despoja de todo lo que posee, se viste con poca ropa, come muy poco, etc. Termina descubriendo, gracias a su encuentro con Gotama (el Buda), que ese abandono de sí mismo lo único que provocaba era un choque con su propio yo; en consecuencia, decide abandonar a aquel grupo.
Claro me quedaba, por supuesto, que preparar la lectura de la novela para un examen de Literatura estaba en segundo plano, ya que rápidamente me vi inmersa en la búsqueda que hacía el personaje, quien elige alejarse de una vida de lujos y comodidad para pasar por diversas situaciones a lo largo de los años: recorre lugares que nunca hubiera imaginado, pasa de ser ermitaño a un rico comerciante, y termina en la margen de un río observando a un botero trasladar gente y reflexionando sobre como todo va y vuelve en la vida. De esta manera mi imaginación crecía y volaba tan rápido como la lectura misma, que terminé en pocos días debido a la ansiedad de conocer el contenido de cada página.
Reflexionar en todo el camino recorrido por el personaje me inspiraba a pensar en muchas cosas. Sobre todo me impresionaba como Shiddarta va renunciando a los lujos y a la riqueza material, para internarse en un aprendizaje espiritual en el que encuentra que es verdad que lo material va y vuelve, pero que lo que permanece son los valores inmateriales. Por otro lado, mientras en personaje viajaba, yo imaginaba los paisajes y las hermosas charlas que Shiddarta tenía con personas de pueblos diferentes, quizás como si formara parte de toda esa historia.
Esta novela me atrajo porque siempre encontraba algo nuevo para aprender. Tanto es así que nunca pude olvidar aquellos paisajes que mi mente creaba mientras la lectura avanzaba, como tampoco pude olvidar esa extraña sensación satisfactoria de saber que si Shiddarta había encontrado lo que tanto buscaba, quizás yo pudiera hallar un destino similar.
Claro me quedaba, por supuesto, que preparar la lectura de la novela para un examen de Literatura estaba en segundo plano, ya que rápidamente me vi inmersa en la búsqueda que hacía el personaje, quien elige alejarse de una vida de lujos y comodidad para pasar por diversas situaciones a lo largo de los años: recorre lugares que nunca hubiera imaginado, pasa de ser ermitaño a un rico comerciante, y termina en la margen de un río observando a un botero trasladar gente y reflexionando sobre como todo va y vuelve en la vida. De esta manera mi imaginación crecía y volaba tan rápido como la lectura misma, que terminé en pocos días debido a la ansiedad de conocer el contenido de cada página.
Reflexionar en todo el camino recorrido por el personaje me inspiraba a pensar en muchas cosas. Sobre todo me impresionaba como Shiddarta va renunciando a los lujos y a la riqueza material, para internarse en un aprendizaje espiritual en el que encuentra que es verdad que lo material va y vuelve, pero que lo que permanece son los valores inmateriales. Por otro lado, mientras en personaje viajaba, yo imaginaba los paisajes y las hermosas charlas que Shiddarta tenía con personas de pueblos diferentes, quizás como si formara parte de toda esa historia.
Esta novela me atrajo porque siempre encontraba algo nuevo para aprender. Tanto es así que nunca pude olvidar aquellos paisajes que mi mente creaba mientras la lectura avanzaba, como tampoco pude olvidar esa extraña sensación satisfactoria de saber que si Shiddarta había encontrado lo que tanto buscaba, quizás yo pudiera hallar un destino similar.
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